Animales y salud mental
Dicen que el perro es el mejor amigo del hombre, pero ¿sabías que también puede serlo de un terapeuta?, aunque pueda parecer una frase hecha, hay algo en su presencia que va mucho más allá de lo anecdótico: los perros conectan directamente con nuestro mundo emocional.
No solo nos hacen compañía. Son capaces de calmar la ansiedad, ayudarnos a
regular las emociones, fomentar el contacto afectivo y ofrecer una forma de seguridad que a veces ni siquiera sabemos que necesitamos.
Hoy quiero hablarte de eso: de cómo los perros de terapia se han convertido en
aliados emocionales y en verdaderos puentes para volver a sentir, confiar y
vincularnos con los demás.
La presencia de un perro tiene efectos fisiológicos reales. Reduce el estrés, disminuye la hiperactividad, promueve la relajación y aumenta la motivación. Al acariciarlo, nuestro cuerpo libera oxitocina, una hormona asociada al vínculo, al placer y a la sensación de calma.
Muchos autores han constatado que la presencia de un perro como co-terapeuta
favorece la expresión emocional, facilita la comunicación, especialmente en niños y adolescentes y crea un entorno emocional más seguro y abierto.
Además, su lenguaje corporal envía señales neuroceptivas de seguridad que activan la rama ventral del nervio vago, clave para regular nuestro estado interno.
Esto ayuda a muchas personas a pasar del estado de amenaza o congelación,
a un estado de calma y conexión.
La relación con un perro actúa como anclaje sensorial y emocional. Es un recordatorio corporal de que estamos aquí, ahora. En personas que viven atrapadas en pensamientos intrusivos, recuerdos difíciles o ansiedad constante, el perro puede ser esa ancla que reconecta con el cuerpo y con el momento presente. Actividades como acariciar al perro, jugar o simplemente compartir un espacio en calma reducen la hiperactivación y la hipervigilancia. La respiración se regula. La mente se tranquiliza.
El perro también es un gran acompañante emocional en la infancia.
Cuando un niño interactúa con él, se siente poderoso, capaz de cuidar a otro ser vivo, lo que le da una sensación de control sobre su entorno y refuerza su autoestima. Además, como ya hemos adelantado los perros favorecen la regulación emocional. Su sola presencia ayuda a los niños. Reducen el cortisol, aumentan la oxitocina y devuelven la capacidad de jugar.
Los niños que tienen dificultades para expresar sus emociones pueden comunicarse de forma indirecta a través del perro. A veces, no se atreven compartir lo que sienten con el terapeuta… pero sí con el perro.
Esto permite que el profesional aproveche ese vínculo para construir una narrativa emocional que dé sentido a lo que el niño está viviendo.
“ Sasha a veces se asusta cuando oye ruidos fuertes… ¿Te pasa algo parecido
a ti?”
Especialmente en contextos terapéuticos, el perro funciona como una figura de apego segura. No juzga. No exige. No se va cuando hay tristeza o rabia.
Simplemente se queda.
En palabras técnicas, se habla del perro como “objeto transicional”: un puente de contacto físico y emocional que permite acceso al vínculo sin amenaza. Para muchos niños que han experimentado inseguridad afectiva, el perro representa una forma de contacto seguro y constante. El valor traumaterapéutico de las intervenciones asistidas con perros radica precisamente en esto: el perro ofrece afecto incondicional en contextos donde establecer lazos humanos puede resultar difícil o incluso amenazante.
Este enfoque tiene un recorrido amplio: desde 1963, con el trabajo pionero de un famoso psicólogo y su perrita Jingle. Boris M. Levinson fue un psicólogo estadounidense especializado en infancia. En los años 60, trabajaba con niños que presentaban dificultades emocionales y de comunicación, especialmente con aquellos con autismo o retraimiento profundo. Un día, de forma completamente accidental, Levinson llevó a su consulta a su perrita Jingles, una collie. Mientras atendía a un niño que normalmente no hablaba, observó que el niño empezó a interactuar con la perra: la miraba, la tocaba, e incluso le dirigía algunas palabras. Esto lo sorprendió profundamente, ya que el niño no solía reaccionar así con personas. Levinson fue el primero en hablar del animal como «co-terapeuta», es decir, no como una simple compañía decorativa, sino como parte activa del proceso terapéutico. En 1969 publicó su libro “Pet-Oriented Child Psychotherapy”, donde documentó sus experiencias clínicas con Jingles y sentó las bases para el desarrollo posterior de lo que hoy conocemos como “terapia asistida con perros”.
Nos damos cuenta de que los perros de terapia no están allí solo para hacer reír o distraer. Actúan como mediadores emocionales, facilitadores del vínculo, reguladores del entorno. Especialmente con personas que han vivido experiencias emocionalmente complejas, los perros bajan las defensas que suelen estar activadas constantemente y permiten un espacio más amable para
la expresión.
Las personas que han sufrido trauma tienen las defensas muy activadas. Con los animales no necesitan ‘protegerse’ tanto, bajan sus defensas y se vinculan fácilmente con el perro. El perro actúa como un mediador entre el paciente y el terapeuta. Y aunque no todas las personas necesitan una intervención por
trauma, todos necesitamos espacios seguros donde sentirnos escuchados y valorados. Y eso, los perros, lo ofrecen de manera natural.
Tener un perro cerca es una forma de recordarnos lo esencial:
• Que no hay prisa para sentir
• Que el afecto no necesita explicaciones
• Que el cuerpo también habla y merece ser escuchado
• Que el vínculo puede ser tierno, constante y sin condiciones
La mayor sorpresa y la más bonita es que muy pronto retomaremos la terapia asistida con perros en nuestro centro.
Volvemos a integrar este enfoque en nuestros acompañamientos emocionales, especialmente con niños, adolescentes y personas con ansiedad o dificultades para vincularse.
Creemos profundamente en el valor del vínculo humano-animal como herramienta terapéutica y sabemos, por experiencia, que los perros no solo acompañan: también abren caminos donde a veces las palabras no llegan.
Si te interesa saber más, ¡escríbenos!
Nos encantará contarte más y darte la bienvenida a esta nueva etapa tan emocionante.
Basado en el libro “Traumaterapia sistémica” de Jorge Barudi y Maryorie Dantagnan